martes, 16 de marzo de 2010

UN VIERNES

Me despierto al mediodía y me siento en la cama. Veo todo en cámara lenta y con cierta molestia en la cabeza. Ese dolor que a veces siento cuando duermo mucho. El ambiente está tenso. Reconozco esa soledad insufrible, intolerable, lacerante, conocida. La vieja costumbre parece regresar, se rehúsa a dejarme o a que la deje. No sé quien dio el primer paso para el alejamiento. Silencio. La ventana me muestra un día alumbrado. Un mal comienzo. Preferiría esos tan grises y fríos.

La puerta suena. Mi cuerpo ya no está solo. Una gran ausencia invade el ambiente. Intento llenar el momento con un desayuno. La televisión y una serie animada no cumplen su tarea.
Estoy solo. Alguien está ahí, me acompaña; pero miente. Su compañía es sólo de título, sólo de costumbre, de rutina. Deambulo como si no hubiera camino alguno. Su intento de conversación es asesinado por los monosílabos que balbuceo como señal de que aún estoy cuerdo. La falsa compañía se desvanece. Un auto desaparece al doblar la esquina.

Vuelve la paz de la soledad, la odio y la amo. Quisiera decir que no me gusta esto. No creo poder. Soy un buen mentiroso pero no puedo mentirme a mí mismo. Mi mente deambula en su vacío, en su ruina. En ese desierto sería una gloria inimaginable encontrar aunque sea alguna raíz seca. Solo arena y el sol que la quema. El agua fría en mi rostro me recuerda la realidad. Una abeja me rodea y se va. Regresa, pero con duda se aleja de nuevo, se aleja para no volver. El suelo es frío, mi piel quiere sentir lo mismo que él. Mi ser quiere sentir algo.

La televisión sigue prendida. La película sigue su argumento. Tantas veces la he visto y hoy la veo como si fuera la primera vez. Las voces hacen que el ambiente disimule su vacío, su soledad. Son espejismos de voces, ilusiones de palabras. Nadie más está aquí. Primero llega alguien con mucho calor y me cuenta de su día. El movimiento de su día. Sus ahora recuerdos. Parlotea con cierta alegría. Al parecer, se jacta de haber tenido vida hoy. No es su intención, lo sé. Lo sé. La miro con cierta ternura, creo que la quiero. Odio no estar seguro de eso.

Vuelvo a estar solo. Llega alguien más, hambriento y acalorado. Cual mayordomo lo atiendo. Ha saciado su hambre y su sed. Las voces en el ambiente son de otra película, de otra realidad. A cuatro horas de mi despertar no siento hambre, me siento hastiado, confuso, jodidamente incomprensible para mí mismo. La mesa ahora está vacía. Se sienta la primera persona en llegar y repito mi labor de mayordomo. La televisión dejó las películas y ahora proyecta una telenovela. Más aburrimiento. Como sé que en poco no habrá nadie más decido servirme mi plato de comida y “acompaño” en la mesa a quien mira con suma atención tal programa mexicano. Tras unos intentos de conversación, se retira a alistarse pues tiene que salir dentro de poco. La televisión sigue prendida. La segunda persona en llegar parte de nuevo. No hay charlas con quien se queda solo frases que le hacen caer en cuenta que tiene poco tiempo antes de llegar tarde a donde debe ir. Se marcha tras un saludo de rutina. La televisión vuelve a dormir.

La tarde o lo que queda de ella se hace insufrible, el tiempo me odia. Sólo hay un reloj de pared, está apartado de mi vista, creo que es mejor así. A cada movimiento de sus manecillas, siento ese sonido que emite. Es mejor así. Cada sonido del reloj es como una aguja clavándose dentro de mí. Terrible tortura. Creo que es mejor así, quiero creerlo. Tal vez es mejor no saber donde se clavan, que parte tengo más herida. Al parecer, sólo por ahora puedo ponerme en el lugar de un ciego, la forma cómo percibe el mundo. Pronto ya no hay dolor, quizá es adormecimiento o ya me acostumbre a esta sensación. La costumbre juega con mi ser, llega a su antojo y disfruta verme cuando no me ayuda, siente placer cuando le reclamo su ausencia.

El monitor parece verme y decirme: “¿otra vez?”. Luego de haber vagado en la falsa realidad del ordenador, tengo los dedos entumecidos al llegar la noche. No me di cuenta de su llegada. No hay más luz que la del monitor y un pequeño haz que entra de la calle proyectada por el poste de la acera. Mi aspecto no es deplorable pero si lamentable. No quiero imaginar lo que pasaría si estuviera ahí parado junto a mí mismo. Algunos ruidos en la calle. La gente, sus vidas, su compañía, su mundo se acercan y vuelven a alejar. No hay recuerdos, no hay ideas, no hay memoria. Sólo el momento parece recordarme el vacío. No. Miento. Perdona la sinceridad. Estoy lleno, muy lleno del vació que siento ese vacío que intento llenar con cualquier cosa, cualquier ruido, cualquier idea. Lamentablemente todo lo que intenta llenar ese vacío es devorado y hecho parte de él. Esta prisión sin barrotes me quiebra, me atormenta. Creo saber lo que siente un guerrero sin gloria. De nuevo el vacío consume este pensamiento.

Algunas canciones son la última esperanza de calmar este suplicio. No lo logran. Antes de derrumbarme llega alguien más. De nuevo escucho el día de alguien más. Me cuenta de personas que no conozco ni quisiera conocer. Me habla de situaciones que no me interesan, pero finjo, finjo bien. Disimulo cierto interés como para que perciba que en cierto modo envidio que sí tuvo un día. Se calla y se marcha a preparar la cena. Sigo en el ordenador.
La televisión es despertada y otra telenovela inunda su pantalla. En el ambiente hay un espejismo de hogar. Estoy ahí y no a la vez. Los programas de rutina, están ahí. Lo sé porque oigo esas voces. Apago el ordenador y me visto. Todo el día estuve con el pantalón de dormir, uno muy ligero y fresco; creo que lo usé porque quisiera que mi vida sea así. En la calle todo parece insignificante y nada preocupante, hay paz en su caos.

Ingreso a la cabina de siempre, saludo al anciano de siempre lo acompaña un viejo conocido, hago el mismo ritual de siempre. Ya “en línea”, saludo a las personas de siempre. Caigo en cuenta de la rutina, del vacío. El vacío hace muy bien su tarea de nuevo. Las conversaciones se esfuman como respiros. Nada relevante, nada memorable. El vacío de nuevo se ríe de mis intentos. Ya es hora de irme. En “casa” ya están las tres personas que llegaron en el día, y dos más. No logro mimetizarme en su charla. Su tertulia es para un número limitado de participantes, los cupos están llenos. El ordenador es mi última esperanza. Oigo los ecos del vacío, si voz se ríe de mí. Encuentro canciones que antes no oía. Una luz en este día demasiado oscuro.

El ambiente se desaloja poco a poco. Alguien queda, ordena y revisa unos papeles en la mesa. Tras unos mensajes de texto y haber escrito parte de este texto, llega una canción. Parece retratar lo que siento. La repito y repito y noto cierta molestia en la persona que está ordenando sus papeles en la mesa. Grabo la canción en el reproductor de mp3 portátil. Mientras la canción sigue repitiéndose, dejo de escribir y luego de un breve juego de solitario (que ironía ¿cierto?) apago el ordenador. Me voy a la cama y sigo oyéndola. Sé que esto es mucho más largo que lo de costumbre, pero déjame hacerlo así. Por favor. Ya es más de medianoche. Sé que el título dice “Un viernes”, pero decidí robarle unas horas al sábado. Nuevamente caigo en cuenta del vacío. Aquella canción en mis oídos parece hacerle guerra, una guerra peculiar, encarnizada, sangrienta, cruel y de pronósticos reservados. Siento que mis párpados no aguantan más. Mentira. Los obligo a caer. Creo que por hoy es suficiente. Esa sensación del sueño empieza a aparecer. Mi viernes se está acabando.

Pido perdón si consideras que el título no es del todo cierto. Ya mencione que soy un sucio ladrón por hacerle eso al sábado. Lo último de este texto es lo siguiente. Quiero compartir la letra de la canción que me marcó ayer. Creo que no dejaré de oírla ningún día de ahora en adelante. Gracias por leer hasta aquí y si no lees la letra no te preocupes. De por sí ya soportaste mucho, así que gracias. Gracias.

Sácame de aquí
No me dejes solo
O todo el mundo está loco o Dios es sordo

Dicen que si continuas, a algún lugar llegarás
Debe de hacer falta bastante caminar
No soy… mala hierba, sólo hierba en mal lugar
Cabeza de calabaza en martes de carnaval

Hubo un momento en que pudimos decir que no, que lo sentimos
Nos debimos confundir
Escribiremos nuevas reglas
Estas es la primera de ellas: Está prohibido prohibir

Sácame de aquí
No me dejes solo
O todo el mundo está loco o Dios es sordo

Sácame de aquí
No me dejes solo
No entiendo que nos pasa. Todos hemos perdido la razón

Nos hemos… equivocado
Teniendo toda la razón
Aún podemos ser libres
Dentro de una canción

Hubo un momento en que pudimos decir que no, que lo sentimos
Nos debimos confundir
Escribiremos nuevas reglas
Estas es la primera de ellas: Está prohibido prohibir

Sácame de aquí
No me dejes solo
O todo el mundo está loco o Dios es sordo

Sácame de aquí
No me dejes solo
No entiendo que nos pasa. Todos hemos perdido la razón

Sácame de aquí
No me dejes… tan solo
Sácame…Sácame de aquí

ETERNO PARPADEO



Un pintor, muerto ya hace mucho tiempo, escribió en una carta a su hermano: “Debo advertirte de que todos piensan que trabajo con demasiada rapidez. No les creas ni una palabra. ¿Acaso no es la emoción, la sinceridad de nuestro sentimiento de la naturaleza, lo que nos impulsa? Y si estas emociones resultan a veces tan fuertes que uno trabaja sin sentir que lo hace, cuando a veces los pinceles brotan con la misma continuidad y coherencia que las palabras en un discurso o en una carta, entonces se debe recordar que no siempre ha sido así, y que en el futuro volverán los días tristes, vacíos de inspiración. Así pues, es necesario martillear el hierro mientras está candente…”

Es común que a veces pensemos que es realmente sorprendente haber hecho algo, tal vez dificultoso para el resto, en un mínimo de tiempo; mientras que otros realmente demoran en hacerlo. También debes haber sentido que las cosas que más disfrutas, casi no tienen permanencia en el tiempo, que no hace más que consumirnos. De seguro lo has notado.

Ahora te pido que imagines la escena, donde el pintor desenfrenadamente hace danzar a sus pinceles sobre su lienzo. Creando múltiples arco iris de pintura en el aire; mientras esa triste tela, vulnerable pero ahora gozosa, siente cómo su vida toma color a pesar de que sólo sea uno el que está en los planes del artista. Tal vez ya lo has hecho antes, y en vez de un pintor fue un músico o un escultor. Pero el cuadro, creo que al menos lo has visto una vez.

Como dije líneas arriba, las cosas que disfrutamos son efímeras, y casi siempre creemos que demasiado. Creo que ese efecto nos deja perplejos en múltiples circunstancias. Es un parpadeo que parece eterno y tan efímero a la vez. Creemos que es eterno porque durante el tiempo que el hecho se da, lo disfrutamos, sentimos júbilo, felicidad y deseamos que no acabe ese instante, queremos que así sea por siempre. Y sentimos lo efímero de su existencia porque cuando pasan, creemos que su brevedad ha mermado el inmenso placer que experimentamos, su extinción deja en nosotros un mal sabor de boca, un malestar que sólo soportamos por las cenizas de felicidad que atesoramos con una sonrisa dibujada de recuerdos.

En numerosas ocasiones, mientras converso con las personas, me han dado arranques (por decirlo de algún modo) en los cuales hablo y/o escribo casi desesperadamente de algún tema en especial por unos segundos. Creo que a algunas personas les debe parecer molesto. A otras creo que les gusta. Algunos se quedan en silencio, quizá les hace pensar o sólo estuvieron ahí de de cuerpo, mas no de mente. No lo sé. Pero casi en todas creo, y quiero creer que verdaderamente prestan atención. Hace unos días, en una conversación en la que disfrutaba cada palabra, me dio un “ataque de inspiración” (así lo denominé en ese instante). La otra persona, que prestó atención a todo, quedó silente por un instante. En verdad había prestado atención. Y yo me había dado cuenta.

Creo que al escribir y/o hablar simplemente dejo que salgan las palabras, como dice el pintor que cité al inicio. Creo que eso de los “ataques de inspiración”, nos ocurre a todos. Pero pocos lo manifestamos. Pocas personas se atreven a decir lo que pasa por sus mentes, lo que creen, lo que sienten, lo que quieren que el resto sepa, lo que su ser quiere exteriorizar. Puede que sea un mecanismo del subconsciente para luego no sentir esa nostalgia por lo efímero del momento. Pero creo que vale la pena hacerlo. Vale la pena dejarse llevar por la fluidez del momento y exteriorizar eso que realmente creemos y/o sentimos. Coge un pedazo de papel dibuja algo, escribe lo que piensas, conversa de temas que nos han acostumbrado a pensar como vanos e intrascendentes, pero que a ti te apasiona hacerlo.

Puedes comparar el momento al que me refiero como los fuegos artificiales tan breves y hermosos a la vez. Su existencia llega a su vida en la plenitud de su belleza, para recordarlos así hermosos, coloridos, majestuosos, cautivadores. Ese segundo en el que dejas que todo eso fluya, es realmente grandioso, liberador, motivador. Es sublime. Me dirás: “pero es un rato nada más.” Sí. Tienes razón. Pero creo que vale la pena. Creo que experimentarlo y luego recordarlo es mejor a que nunca lo hayas hecho o no te atrevas a hacerlo. Esa sensación de recuerdo puede que te motive a hacerlo más veces.

Ese segundo de felicidad, ese destello en lo oscuro de tu vida, ese ataque de inspiración… es tan breve como un parpadeo. Lo sé. Ese parpadeo puede hacer que olvides lo pasado, tu realidad, el hecho de saber que su existencia es demasiado breve. Pero ¿porque ver sólo lo efímero? Ese parpadeo puede durar todo lo que lo disfrutas. Puedes hacer que sea un parpadeo eterno.

sábado, 20 de febrero de 2010

MI FUNERAL


Ayer fue una noche distinta, muy distinta. Creo que encajaría perfectamente en la repisa de aquellas noches que nunca olvidaré, o las que hasta ahora no quiero olvidar; esas noches que guardan memorias que uno atesora con mucho recelo. Sucede que, creo, hice llorar a alguien a quien estoy conociendo cada vez más. Alguien a quien disfruto conocer cada vez más. Pero a pesar de que el llanto surgió por algo triste, muy triste; curiosamente tal no era sinónimo de calamidad. Ese llanto encerraba cierta felicidad, a pesar de no verlo, lo sentí, lo sentí y me conmovió. Había hecho llorar a alguien (creo) y ese alguien me agradecía. Recordé una entrada que publiqué hace algún tiempo. Ese alguien había mojado sus ojos por mi causa, era consciente de eso y solo diré que no pude ser ajeno a esa sensación.

Luego de eso recordé cosas que había pensado la noche anterior y en ese mismo día. Recopilé todo lo que había inundado mi mente en esas horas, y todo me dirigía a una imagen: un funeral. Mi funeral.

Creo que muchos hemos visto esas “cosas” que ponen sobre la tierra que cubre un ataúd con un cuerpo dentro, un cuerpo que está en eso que llaman el descanso eterno. Esas lápidas. A veces no sólo se suele grabar el nombre que le pertenecía al cuerpo que está en aquel ataúd. A veces, se suele agregar al epitafio alguna frase que la persona que ya no vive solía repetir o creer firmemente. A veces se escribe algún mensaje de los deudos, suelen poner que lo quieren o quienes se encargaron de enterrarlo o hacer grabar la lápida. A veces, aunque son muy pocas, se acostumbra hasta poner un retrato del fallecido. A veces deberíamos tomarnos un tiempo en leer lo que colocan ahí.

Sé que es muy trágico ponerse a pensar en la muerte y en el funeral de uno mismo. Es sumamente depresivo y autodestructivo. Perdóname una vez más por pensar y hacerte pensar en esto, sabes que me refiero a ti. Pero de verdad estos días lo pensé más que antes, más que todas esas tardes tan frías en las que me sumía en una profunda introspección tratando de mirar el futuro en la esfera de cristal que es mi imaginación, jugando a ser adivino, fingiendo ser un oráculo. Y en ese remolino de ideas tan turbias y desequilibradas, imaginé mi funeral.

No es que quiera morir, al menos eso creo, pero imaginé o traté de imaginar ese cuadro. Creo que en verdad lo que hice, fue armar un collage de cómo me gustaría que sea. Vi un recinto como el que las parroquias alquilan a los deudos para velar a sus familiares fenecidos; pero no era una iglesia o algo así, era una casa. Aunque suene disparatado y fuera de lugar, había música. La música que sonaba (o sonará, no lo sé) ya la elegí. Tal música es el soundtrack completo de una película que casi idolatro. Tal película se la hice ver a un muy querido amigo hace poco tiempo. Tal amigo no lo conozco hace mucho, pero creo conocerlo desde antes. Tal amigo ya conoce mi encargo musical. Tal encargo musical se podría interpretar como un profundo deseo aunque no el último. Las personas que estaban (o estarán) ahí no las podía ver, quizá porque no quiero verdaderamente saberlo. Sólo sé que la música sonaba (o sonará).

Siempre he querido que me cremen al morir. Y eso es lo que vi en esa ilusión que al parecer fabriqué. Pero mi funeral no acaba ahí. Esas cenizas, dentro de un recipiente eran llevadas a otro lugar. Una parte de esas cenizas fueron arrojadas luego al mar; otra parte serían enterradas en algún lugar que no sé cuál es. Pero las que eran enterradas, no estarían solas. Habría una lápida que las acompañaría, esa lápida no llevará mi nombre completo como se suele hacer. La lápida tendría grabada una frase. Frase que será tema de otra entrada en este blog. Al pie de tal frase sólo la inicial de mi nombre. Pero todo esto que relato sucede (o sucederá, al menos eso espero) sin ningún sacerdote, cura, pastor, rabino, guía espiritual o algún otro tipo de esa especie. Sin vínculos a ninguna fe, sin lazos con alguna deidad. Luego de que se coloca la lápida, mi lápida, todos se van. Llueve, mejor dicho, deseo con todas mis fuerzas que una lluvia enmarque ese momento. Que una lluvia corone el momento otorgándole cierta solemnidad y aires lúgubres. Y todo el tiempo sonando esas canciones que ya elegí.

Quizá te parezca muy deprimente todo esto, quizá haya hecho que pienses en tu funeral. Lo que pretendía no era eso, sólo necesitaba escribirlo. Perdóname una vez más este capricho, sabes que especialmente lo digo por ti. Pero no quisiera que lloren. Sólo fue un ejercicio para acelerar esa valoración que debemos tener hacia la vida. Dicen que muchos en sus últimos momentos desean vivir más. Tal vez todo esto lo hice para desear vivir más desde ahora.

Como a todos, la muerte me llegará, es inevitable. Pero antes disfrutaré vivir todo lo que pueda, con todas mis fuerzas. Así la muerte no hará que le pida más tiempo, aunque es seguro que lo desearé. Pero así aunque sea breve, me reiré de sus planes. Por eso es probable que lloren poco en mi funeral. Gracias por leer todo esto. Esto se lo dedico a alguien, ese alguien sabe que me refiero especialmente a su persona. Siento que estas palabras sean hirientes y esperanzadoras a la vez. Sólo quería compartir esta visión que tuve o fabriqué (no lo sé), sólo quería que sepas como será (o me gustaría que sea) mi funeral.

lunes, 15 de febrero de 2010

MEMORIA DE ELEFANTE


Creo es común encontrarnos a diario con esos dichos populares o refranes; que encierran grandes enseñanzas en tan pocas palabras. Siendo muy exigentes la frase a la cual me refiero no es exactamente una de ellas; pero si muy repetida en el habla castellana. La frase de la que hablo es: “Tiene memoria de elefante”. Énfasis especial en la parte que hace referencia al paquidermo. Creo que en algún momento de nuestras cortas, largas o muy agitadas vidas, no lo sé, hemos oído hablar de esa peculiar característica que esos animales poseen. Pues bien, el dato es muy cierto. Y algunas personas suelen tenerla, aunque en verdad, todos tenemos un poco de ella.

Hace unos años leí un libro donde se explicaba un cuadro curioso. Procedo a esbozar tal situación. Un nativo africano guiaba a un adinerado inglés por las espesas selvas de su tierra con su elefante y en cierto punto deciden tomar un descanso de la travesía. Para esto descendió de su “transporte” y amarró su elefante (era uno adulto, desde luego) a un joven arbusto. El inglés quedó atónito, más aún al caer en cuenta que el animal estaba “amarrado” al arbusto con una delgadísima soga. El gentleman no pudo con su curiosidad y procedió a saciarla interrogando al nativo.

Aquel nativo había criado desde pequeño al paquidermo; y es común adiestrarlos desde temprana edad. Cuando pequeño, el elefante era propenso a una inevitable huida al hallar la mínima oportunidad; es por tanto que el nativo lo sujetaba con una gruesa cadena al más frondoso árbol que encontrara. El resultado: el esperado. Por más esfuerzos que hacía el elefante, no podía escapar de sus “ataduras”. Cada vez ocurría lo mismo: A la mínima ocasión en la que el nativo desaparecía de su vista, el animal agotaba sus fuerzas en intentar escapar; a su regreso el nativo hallaba casi exhausto al elefante. Así pasaron años que se repetía el cuadro, pero algunas cosas cambiaban. El elefante cada vez hacía menos esfuerzos; la cadena con el tiempo pasó a ser una gruesa soga, luego una común hasta terminar en una delgada liana; y el frondoso árbol fue cambiado hasta llegar a los más jóvenes arbustos. Hasta que un día la soga que lo sostenía parecía una hilacha de trapo, el elefante ni se movía y la rama ala que estaba sujeto podría ser arrancada por algún niño.

El elefante nunca olvidó su primera experiencia. A pesar de que cada vez intentaba huir, de su mente no se borraban los intentos fallidos del pasado, recordaban sus derrotas; y esto causaba que en su subconsciente creara una barrera que le impedía usar todas sus fuerzas para cumplir su objetivo. Pues bien, podemos decir que en verdad su memoria es buena; pero para este caso no le trajo beneficios.

Ahora quisiera hacerte una pregunta: ¿Cuántas de las cosas que hoy crees que no puedes hacer, causan ese efecto en ti solamente porque antes fallaste en su intento? ¿Cuántas cosas crees que no podrías alcanzar porque intentaste y te caíste? ¿Cuántas veces te caíste mientras avanzabas y te levantaste, pero eres consciente que cuando te levantaste no diste todo de ti por verdaderamente avanzar? Como ves todos en algún momento experimentamos esa “memoria de elefante”. En mi caso me sucedió que casi todas las cosas que no hago fueron por esos motivos, a pesar de que en algún momento significaron metas para mí (las otras que no hacía eran de puro cobarde, mediocre, conformista o idiota). Pero ya es tiempo de usar nuestra “prodigiosa” memoria para algo que verdaderamente nos beneficie. Algo que no sea una molestia ni implique problemas en nuestra vida

Es cierto que nunca debemos olvidar el pasado para aprender de él. Creo que eso nos sirve mucho en la superación progresiva de nosotros mismos. Pero no me gustaría pensar que me pasa lo mismo que al elefante al recordar las derrotas o tropiezos pasados, las cuales sólo lo desalientan y derrotan. Tomemos nuestras pasadas caídas como material de aprendizaje, motivación, impulso o lo que quieras; pero nunca dejes que tenga sobre ti, el mismo efecto negativo que tiene sobre esos animales. Esa forma de recordar nos recuerda caídas y suprimen nuestra capacidad de reconocer lo que se pudo aprender de tales situaciones adversas para nosotros. Si se avecinan a nuestros oídos sólo harán que desfallezcas en el camino que sigues hacia tu objetivo, y el cual puede ser muy difícil. Quizá la soga que te sujeta a esa idea de derrota es más delgada de lo que imaginas.

Esas memorias de derrotas debemos convertirlas en carbón y leña que servirán para avivar ese fuego que es nuestra motivación y hacer que podamos alcanzar nuestros objetivos. Debemos utilizar esa memoria, que en ocasiones nos demuestra ser muy buena; para nuestro bien. Es una herramienta que debemos explotar al máximo. No dejemos que sea algo que nos complique la vida. Es complicado, como todo…pero… ¿Qué cosa no lo es? Aprovechemos esos destellos de buena memoria que asomen a nuestro diario vivir y démosle un giro de modo que nos sirva para superarnos. Explotemos al máximo esa memoria de elefante.

miércoles, 10 de febrero de 2010

LOTO


Algunas ocasiones he deseado dejar todo atrás y simplemente iniciar una nueva vida sin pasado, sin memorias, sin lazos. ¿No has albergado esta idea cuando menos una vez en tu larga o corta vida? Pienso que es muy probable que sí, pero no lo aseguro porque nunca se sabe. Es bajo esta idea que escribo la presente entrada.

Creo que muchos hemos oído hablar cuando sea una vez del loto, ¿cierto? Esa planta acuática con una peculiar flor a la cual se le ha asociado a la meditación y al budismo, con cierto tinte místico e íntimamente relacionado a la cultura oriental de Asia y de la India. Pues bien eso todos sabemos, al menos una pizca, o casi todos; el caso es que leyendo me topé con otro significado de esta peculiar palabrita. Loto también es el nombre de un árbol del norte de África, es de ese Loto del cual quiero hablar.

El loto es una especie arbórea que llega a alcanzar dos metros de alto y produce un fruto muy meloso usado generalmente en la pastelería. Su fruto es una drupa rojiza del tamaño de una ciruela y casi redonda, tiene la pulpa algo dulce. Se dice que los antiguos mitólogos y poetas afirmaban que aquellos extranjeros que comían de su fruto en algún oasis olvidasen su patria.
Muy interesante ¿verdad? ¿No te gustaría probar ese fruto y saber si lo que antaño esos hombres con una gran imaginación decían, es cierto?

A decir verdad a mí sí. Me gustaría que esto fuera cierto, para ir en busca de un árbol de loto y arrancar uno de sus frutos, degustarlo y así olvidar mi patria. Pero al referirme a patria no hago mención de su popular definición como aquella tierra natal o adoptada, al cual un ser humano se siente ligado por diversos lazos. Yo interpreto patria como esa “tierra” de origen, de donde salgo, mi pasado, mis ideales, el lugar del cual surge todo mi ser (no sólo físico sino emocional, espiritual, mental y todo eso). Al buscar algún lazo con esa “patria” lo único que podría hallar serían los lazos emocionales, tanto los buenos y malos (¿qué molesto verdad?). Mi concepto no está muy alejado de su definición ¿cierto? Es este punto al cual quiero llegar.

Quisiera creer que olvidar nuestra “patria” es posible. Intento imaginarme cómo se hubiera sentido algún extranjero errante al comer de ese fruto y no recordar el lugar del que viene, no recordar su génesis, encontrar sus memorias ausentes y sentir que éstas nunca volverán, ver que se encuentre absorto en lo maravilloso que le parece su presente, su realidad. Hallarse ante la posibilidad de forjar una nueva vida sin temor a que los fantasmas del pasado lo persigan, comenzar a escribir su historia en un nuevo libro, dejar que su vida sea en adelante como verdaderamente quiere que sea. Esta persona encontraría la posibilidad de crearse un nuevo mundo interior sin las heridas del pasado y sin temor a no recordar lo bueno que antes pudo experimentar, simplemente por la emoción que le causa vivir nuevas experiencias y por la esperanza que le hace albergar la idea que una nueva vivencia quizá sea mejor que todas las pasadas juntas . Sentir que el dolor que viene será opacado por todo lo bueno que esperamos vivir.

Quiero, como dije unas líneas arriba, creer que esto fuera verdad. Me gustaría olvidar todo lo que antes pasé, lo bueno y lo malo. Me gustaría dejar atrás todas mis memorias e iniciar unas nuevas. Quisiera comer ese fruto y tener todas las sensaciones que antes describí y que las imaginé y ahora anhelo como loco. No me importaría pagar el alto precio que ese dejar todo lo bueno que también viví y el haber conocido a personas a las cuales considero tan maravillosas que desearía haberlas conocido antes; todo eso no me importa. Quisiera que ese pequeño fruto sea como el mar que borra todas las memorias escritas en la arena de las playas de mi mente. Desearía que funda mis recuerdos como un viejo bloque de metal y forje una nueva barra, para hacer con ella algo nuevo, algo mejor. Quisiera simplemente olvidar todo y tratar de empezar una nueva vida. Quisiera que todo esto verdaderamente sea cierto. Y a ti, ¿no te gustaría que esto fuera verdad? Mejor aún, de saberlo ¿intentarías probar ese fruto?
Cómo casi todos los cuentos e historias, quizá no sea cierto, deseo con todas mis fuerzas que no; de este modo me quedaría una pizca de esperanza. Las cosas son difíciles y lo que nos queda para forjarnos una nueva vida es nuestra voluntad, nuestra propia fuerza, nuestros deseos de seguir sin desmayar, sin desfallecer. Tal vez el fruto sólo sea una metáfora en la que el fruto en el fondo representa alguna parte de nosotros mismos, no lo sé; o quizá mi interpretación esté muy pero muy errada, pero quisiera creer que eso es cierto o al menos conservar una tenue esperanza. Trataré de seguir viviendo y si tengo la oportunidad de ver ese árbol tomaré ese fruto, comerlo y ver qué pasa. Tal vez esboce una sonrisa con los resultados, tal vez me quede sorprendido por no saber qué hago ahí. Pero de lo que estoy seguro es que estaré atento a ver si veo ese árbol y le quito uno de sus frutos. Uno de los frutos del Loto.

martes, 9 de febrero de 2010

EL DADO


Hace unos días conversaba con alguien, alguien a quien he empezado a conocer cada día un poco más, y me refiero a un verdadero “conocer”, no uno superficial. Pues bien en cierto momento de la charla me dijo algo que en el momento me pareció simplemente parte de la conversación, pero que al pensarlo resultó un tanto profundo; me dijo: … “Me gustaría ver otras facetas tuyas, por así decirlo.” Me sentí entre avergonzado y halagado, pero luego confundido y hasta perturbado. Lo que pasa es que cuando pensé en lo que encierra esa frase, me sentí como un dado; sí, un dado.

Sabemos que los dados tienen seis caras, cada una con un número de puntos diferente; eso lo sabemos por “cultura general”. También sabemos que en los juegos de azar muchas veces no se busca que al arrojar el o los dados salga el número mayor, sino el que mejor te conviene. Pues es en esta aclaración donde pretendo acercarme a explicar porqué me sentí como un dado ante tal frase. Y creo que es muy cierto, demasiado a mi parecer el comparar nuestras vidas con los dados, esperando que salga la mejor cara dependiendo de la ocasión.

Las muchas caras o facetas que podemos tener se conjugan de forma distinta en nuestro diario vivir. Esas caras que deciden aparecer dependiendo del momento, la compañía, lo que sentimos, lo que vemos que el resto siente, lo que queremos proyectar, lo que queremos obtener. Esta es lo que debería ser lo más común, pero no lo es. Aunque muchas veces no sólo “deciden” aparecer, sino que nosotros las sacamos según sea el caso, siendo conscientes de lo que hacemos y que luego olvidamos o queremos olvidar. Esto es triste, es triste, lo sé, es triste, lo sabes. Nuestra naturaleza nos obliga a actuar de manera que busquemos nuestra conveniencia, nuestro beneficio, lo que mejor se nos dé recibir. Pero es lo que somos, es lo que hacemos, es lo que tenemos que hacer.

A cada instante pensamos en cómo comportarnos, cómo actuar para el momento, qué hacer y qué no hacer; por lo general somos totalmente capaces de controlar nuestros actos, nuestras reacciones, nuestros gestos, sólo para tratar de estar bien en el medio en el que nos encontramos, sólo por ser una alegoría más, sólo por la comodidad. Estos momentos es como arrojar un dado el cual sabemos qué número nos va a dar, un dado con trampa. Rara vez no nos controlamos; rara vez actuamos espontáneamente; muy rara vez no nos importa el entorno ni las apariencias y simplemente somos cómo queremos ser verdaderamente. Estas ocasiones son como arrojar los dados y esperar con incertidumbre el número que nos saldrá.

Quizá eres de los que piensa qué es mejor saber lo que pasará a esperar ese incierto futuro con una pizca de temor. Si es así respeto tu posición, pero dime si nunca te ha gustado aunque sea un poco esa sensación de curiosidad por lo desconocido, sin importar si será algo bueno o malo. Esas ansias por conocer lo que vendrá, ese algo que sucederá que es el resultado de una serie de sucesos que concurrieron aleatoriamente. El encontrarse ante una puerta cerrada, la cual no sabes si te llevará a otra habitación, a la calle o simplemente al vacío. El abrir un paquete de golosina sin saber cuál será el color con que bañaron tu pastilla de chocolate. Hay ocasiones en las que prefiero ver así las cosas.

Pero eso de lo que te hablo es difícil ¿verdad? Hoy en día es demasiado difícil hacerlo. Pero al menos lo intento. Las diferentes caras que tenemos deberían simplemente fluir, no forzarlas a salir. No pretendo darte una lección de cómo vivir, ni imponerte algo que sé que es casi seguro que se te olvidará en unas horas, o días (esperando ser demasiado pesimista con la atención que me das) Sólo escribo lo que creo, la forma cómo veo las cosas. Dejemos que los dados que arrojamos cada día nos den un número producto del azar; y si no crees en él, simplemente que salga el número que debía salir; y si no crees en el destino, pues déjalo que fluya; y si eres de los que le gusta tener control sobre todo, date cuenta que eso nunca podrás hacerlo (explícame sino ¿porqué sigues leyendo?)

No digo que te desintereses de tu vida, sino que no fuerces las circunstancias; es cierto que los dados no mostrarán un número sino los arrojas, en cierto modo tu voluntad es necesaria, pero no debería forzar los resultados. Creo que al dejar que nuestras caras o facetas fluyan libremente, las personas que intentan conocernos lo harán mejor y tal vez lo hagan sin que lo busquen, tal vez las cosas son mejores así. Sé que debe parecerte imposible en este mundo tan hipócrita, pero al menos pensarlo o imaginarlo a mí me ayuda. Después de todo seguiré cada día en ese juego: en dejar que cualquier número salga, en seguir tirando ese pequeño cubo con las caras enumeradas, seguiré jugando a lanzar el dado.

viernes, 5 de febrero de 2010

LA REFRIGERADORA QUE SE ENCOGIÓ


El día de ayer por un motivo inesperado, regresé a la casa en la que había crecido desde que nací hasta los inicios de mi adolescencia. En ella viven unos familiares muy queridos a los cuales trato de visitar regularmente, en la medida de lo que puedo, aunque siendo sincero preferiría que tales visitas sean más frecuentes. No había pasado mucho tiempo desde la última visita, pero algo especial pasó en esta ocasión. Al entrar a la cocina me encontré con la refrigeradora; “Vaya!... qué interesante…” podrías decir en tono sarcástico; y comprendo que tal vez esa sea tu reacción. Pero como dije antes, algo especial pasó esta vez. Cuando me encontré frente a frente con el artefacto, podía ver lo que había sobre él, podía ver su “techo”.

No es que eso sea lo especial. Aunque tengo vagos recuerdos de mi infancia y otros pocos mucho más borrosos de mi niñez, puedo recordar cuando me ordenaban sacar algo de la refrigeradora. Al hacer lo que me decían, siempre solía demorarme un poco más de lo debido; es que al abrir esa puerta y hurgar en su fresco interior, mi vista se fijaba en el “techo” de la refrigeradora, imaginando lo que podría haber ahí. Es natural que mi joven y aún inocente mente no llegara a descubrir ese misterio debido a la estatura que tenía. Así pasó el tiempo; me pedían que saque algo, yo me demoraba, imaginaba, me decían que me apure, les entregaba lo que me pidieron y me llamaban la atención porque había cerrado mal la puerta del artefacto.

Aquella curiosidad estaba acompañada de cierto orgullo, no quería preguntar que había ahí a quienes si podían ver; quería descubrirlo por mí mismo y así disfrutar la victoria sobre las limitaciones de mi “estatura”. Imaginaba que podría haber alguna foto antigua, como de esas que las abuelas o tías mayores guardan con mucho celo, esas fotos amarillentas y que por su edad alcanzaron ese tono sepia que las cámara modernas incluyen en sus opciones; en otras ocasiones pensaba que ahí habría alguna revista o carta y me moría de ganas de saber que era lo que en ese trozo de papel estaba escrito.

Pues bien, no sé en qué momento esa curiosidad desapareció; sólo que ayer lo recordé pero al encontrarme frente a la refrigeradora, claro que su pintura color hueso estaba un poco desgastada, me topé con que ese obstáculo de la talla había desaparecido, se había esfumado. Y caí en cuenta que había pasado un tiempo considerable desde la última vez que me pregunté lo qué había sobre ella. Y pensé: “¡Qué idiota! Es natural que haya crecido” un silencio invadió mi mente y… “¿Acaso hay más refrigeradoras en mi vida?” me pregunté “Acaso hay muchas cosas ante las cuales no soy el mismo, hay más gigantes que he logrado superar en tamaño”. Y creo que así es.

El ritmo de nuestras vidas, de nuestro ir y venir, nos impide darnos cuenta de cómo crecemos y que ahora podemos superar aquellas paredes que antes creíamos demasiado altas. Nuestra mente se ha acostumbrado a ver que somos muy “bajitos” para tal obstáculo, nos la creemos y pasa mucho tiempo para darnos cuenta o a veces ni siquiera lo hacemos; simplemente por la costumbre. Pero las pocas veces que hemos podido romper ese paradigma que se ha introducido en nuestras mentes, nos hemos dado con una sorpresa casi inverosímil… “¡Puedo hacerlo!” decimos “…no puede ser, no es cierto…” nos engañamos. Es que quizá no queremos superar o en nuestro ser aún reside ese natural miedo y temor por lo nuevo lo desconocido, lo que no hemos visto; a pesar de que hasta hace poco uno deseaba con todo su ser saber lo que venía luego. Es lo común en nuestra naturaleza humana, creo yo.

Quizá sea difícil hacerlo, y en verdad muy difícil; pero te invito a que busques ver en tu entorno aquellas cosas que antes creías inalcanzables y que, al parecer no te has dado cuenta pero ya puedes superar, o mejor aún ya las has superado. Quizá sea doloroso confrontar tu mente encantada con la costumbre y los que tu conciencia analiza y comprende en el momento, pero quizá ese pequeño y arduo esfuerzo te entregue una gran recompensa. Al menos inténtalo una vez, te darás cuenta que hay mucho de lo cual sorprenderse y con lo cual motivarse a seguir luchando con lo que día a día nos toca vivir. Es cierto que muchas veces no lo elegimos, pero superémoslo y más aún tomemos fuerza de todo lo que ya superamos y creíamos utópico derrotar, para poder seguir adelante.

Tal vez encuentres sólo una ocasión como las que te describo, pero algo es algo. Espero y sean muchas más y las veas, verdaderamente las veas. Quizá después de esa introspección encuentres muchos motivos para alegrarte el día y darte fuerza. Quizá llegarás a decir como yo: “Hoy vi esa refrigeradora…La refrigeradora que se encogió”.