jueves, 14 de enero de 2010

GRACIAS POR HACERME LLORAR




Es común que asociemos las lágrimas la pena, al dolor, a la tristeza. Nada del otro mundo (¿Había otro?). Y es que a lo largo de nuestra existencia hemos corroborado este hecho con frecuencia. Bien, creo que la mayoría hemos crecido con esa idea parcialmente cierta. Hemos adoptado este punto como cierto en esa implícita “formación emocional” impartida por parte de nuestros criadores, no me refiero directamente a los padres dado que en muchos casos no son ellos los responsables de nuestra “formación”, sino a aquellas personas que se ocuparon de “criarnos”.

El dolor, físico y emocional, suele manifestarse principalmente con el llanto, lágrimas. Claro que no es su único exponente. Pero es natural que asociemos dolor, o profundo dolor, a lágrimas, llanto. Es natural. Los niños cuando hacen algo que en el fondo saben que es malo, a veces, rompen en llanto al sentir la culpa. Las personas suelen llorar al enterarse de una trágica noticia, como el fallecimiento de un familiar. O tal vez al sufrir alguna herida emocional como una separación emocional.

Pero qué hay de esas lágrimas que las personas derraman por emoción, o de aquellas que son sinónimo de alegría; ¿también las conocemos verdad? Sabemos que son comunes entre nosotros esas personas que ante cualquier emoción intensa “moquean”, o porque lograron algo o porque alguien a quien quieren (verdaderamente quieren) hizo; en estos casos me refiero a los actos positivos, claro está. Es quizá, en esos casos cuando distinguimos esas “lágrimas de emoción” o “de felicidad”. Esas no son tan malas. A lo que me refiero es que si bien sabemos que no todo llanto es malo, debemos tenerlo en cuenta siempre, en todo momento, aún cuando ese llanto nos toque a nosotros.

Soy de las personas que prestan mucha atención a las frases “regadas” entre las películas; y bueno, el otro día escuché en una de ellas una que es digan de recordar y es la siguiente: “No todo llanto es producto de la calamidad.” Y por lo expuesto líneas arriba, al parecer estamos de acuerdo.

Hasta ahora es probable que sólo haya repetido lo que ya sabes. Casi seguro. Pero dime, ¿alguna persona agradecería estar llorando por haber perdido a un familiar? O, ¿alguna niña estaría agradeciendo a sus padres mientras llora por haberse descuidado de esa mascota que tanto quería y que murió atropellada? Creo que no. Pero, ¿tú agradecerías a quien te haga llorar?

Masoquista sería un calificativo que me darías luego de lo que te pregunté. Pero si te lo pongo de la siguiente manera, la idea no será tan descabellada. Si muriese algún familiar tuyo, muy querido él, ¿no te da impulso de querer más a los que todavía te quedan? Si alguna mascota tuya muere, ¿no disfrutarías mucho cuando vuelvas a tener otra y la llegues a querer tanto o más que la que perdiste, porque sabes que no vivirá para siempre? Si aquellas flores que tanto cuidas y riegas todos los días se marchitan, ¿No te llenarías de júbilo al ver un tierno brote asomando entre la tierra? ¿Y no te llenarías de emoción al ver que aparece una nueva flor? Es quizá en este punto donde quiero hacer énfasis.

Hace unos días le dije a alguien: “Quizá es necesario estar triste para poder sonreír luego.” Puede que no esté en lo cierto del todo, pero es lo que creo. A veces es necesario probar lo amargo para disfrutar lo dulce que puede llegar a ser la vida (“Llegar a ser”, no “es”). En ocasiones debemos perder valiosísimas cosas, para darle un nuevo valor a aquellas que tenemos y menoscabamos. Y siempre enfrentaremos a la muerte y su gran dolor para poder disfrutar el nacimiento de una nueva vida. Es por eso que en ocasiones, aquellas lágrimas que derramamos al sentir dolor no son del todo malas, claro que no lo aceptaremos en el momento, pero al menos luego deberíamos tratar.

Hay que caerse para levantarse. Ahora suelo pensar esto más a menudo. A aceptarlo sobre todo. Tal vez no lo haga en el momento pero he aprendido que el dolor a veces nos enseña mucho, mucho más de lo que creemos. Así que cuando pienso en cosas que me hicieron llorar, busco más que solo razones o explicaciones o enseñanzas evidentes y superficiales. No estoy seguro, pero creo que con el tiempo podré hacerlo mejor y agradecer por todo lo que me enseñan las lágrimas. Quizá llegue a un punto en el que sea natural decir: “Gracias por esas lágrimas. Gracias por hacerme llorar.”

jueves, 7 de enero de 2010

HOY NO



Un buen número de personas, mucho más de las que esperaba, me han saludado y felicitado por el presente blog y por el “intento” de textos de autoayuda que surgió espontáneamente entre temas que simplemente se me venían a la mente. No fue mi intención mostrar un lado tan optimista o positivo de mí, quizás simplemente está ahí, como en todos, sólo que a veces lo dejamos guardado. No hubo una intención específica al escribir cada texto, solamente me motivaba el simple hecho de escribir.

Pero como siempre, no todo es bueno. No. Hoy no tengo simples ganas de escribir. Tampoco tengo ganas de escribir de cosas alentadoras. No. Hoy no. Hoy tengo ganas de escribir de un tema en especial, o de muchos, no lo sé. Hoy tengo ganas de escribir de lo malo. Hoy quiero ver la vida con el cristal más sucio, rayado y quebrado que puedan imaginar. Hoy secuestré ese espíritu “positivista” que proyecté en mis primeros textos, y lo he dejado cautivo para que no arruine este intento de desfogarme con el resto de personas. Aún no sé si es por dolor, mero capricho o rebeldía; no lo sé y tampoco quiero saberlo.

Hoy no quiero ver la vida a colores. Hoy no. Hoy verdaderamente quiero ver la vida en negativo. Hoy no quiero ni pizca de alegría ni restos de sonrisas ni cenizas de felicidad. Hoy quiero ver el mundo lo más lúgubre posible. Hoy quiero recordar todas esas “cosas malas” que la gente le hace a personas que son “buenas”. Hoy quisiera, aunque sea por un instante, sentir todo el dolor que la gente en las calles siente pero no se atreve (o no puede) exteriorizar. Hoy quiero sentir esa carga, sólo un segundo; para así de esa forma no pensar todo lo que ahora viene a mi mente.

Hoy no vi el amanecer de “un nuevo día“, hoy vi el inicio de “un día más”. Hoy sentí frío y lacerante el viento. Hoy vi sufrimiento en los rostros de las personas. Hoy vi esperanzas apagadas. Hoy sólo existe en mi mundo otoño e invierno. Hoy odié esta soledad y repudié estar rodeado de gente. Hoy vi vidas vacías que se mecían en lo cómoda que es esta realidad que nos trata como títeres. Hoy pensé en todas esas personas que ya no están acá, pero que sin duda merecen más que muchos de nosotros estarlo. Hoy recordé que lo peor en el “ciclo de la vida” es que un padre entierre a un hijo.

Hoy quiero hacerte recordar cuando alguien te traicionó. Hoy quiero que recuerdes tus momentos tristes y dolorosos, sobre todo aquellos que pasaste a solas, abandonado, verdaderamente solo. Hoy quiero que pienses si existe un Dios. Con tantos niños muriendo de hambre al otro extremo del mundo y enfermedades acabando con vidas inocentes, piensa en tu fe. Hoy quiero que cuestiones tu fe. ¿Has elegido bien? ¿O es que ni siquiera elegiste? ¿A dónde irás al morir? ¿Acaso, ya estás muerto? Hoy quiero que tu mente también se cubra de nubes tan cargadas de negatividad, que la tormenta que desencadene no haga más que deprimirte y dudar de la existencia de la felicidad. Hoy quiero pasarte un poco de este peso que siento, quizás así lo haga más liviano para mi bien y para tu desdicha o mala fortuna.

Sí. Sí sé que soy malvado al pretender que sientas todo eso. Soy despiadado por pretender que deprimas tu día, que quizás intentaste sea el más feliz de tu vida. Lo siento. Pero hoy es así. Hoy tengo ganas de ver así el mundo. Hoy no quiero tener esperanzas. Hoy no. Hoy siento ira, odio, dolor y más emociones que no quiero escribir; y quiero que te lleves un poco de todo eso para que aligeres mi carga y porque simplemente no quiero que tu día sea bueno. Como dije al inicio, hoy no tengo ganas de ser “optimista”. Una vez más lo siento. Y de verdad lo siento por hacer esto, pero hoy es así.

Es posible que todo esto lo haga para liberar muchas cosas, o al menos unas cuantas. Es probable también que no vuelvas a leer nada en mi blog. Lo entiendo. Y haría lo mismo en tu lugar. Pero cabe la posibilidad que esto sea necesario para que en adelante, o al menos por un tiempo, sólo fluyan cosas optimistas. Y creo que sin querer sale de nuevo ese espíritu “positivo”. Como dijeron en una película: “La noche es más oscura antes de amanecer”. Tal vez. Tal vez luego haya cosas alentadoras. No lo sé. Pero hoy no. Hoy no. Hoy sólo hay desesperanza de mi parte. Hoy tengo ganas de ser más frío que nunca. Lo siento, una vez más. Hoy no quiero ser un emisario de la esperanza. Hoy no quiero escribir textos alentadores ni de autoayuda. Hoy no. Hoy no.

lunes, 4 de enero de 2010

EL VIENTO FRÍO SOPLA


El viento soplaba más de lo normal, se sentía frío, pero eso a él le gustaba. Por alguna extraña razón, él sentía cálida esa fría ráfaga que era molesta para el resto. Algunos de sus cabellos se elevaban, como queriendo huir en la misma dirección del viento. Él estaba parado ahí, firme, sintiendo lo del viento pero a la vez con un inmenso vacío en su cabeza; hay algo que ha turbado sus pensamientos, algo que ha nublado su razón y revuelto sus emociones. Sus piernas son fuertes, pero él quiere derrumbarse ahí mismo. Su corazón está acostumbrado a pruebas comúnmente devastadoras, pero ahora se encuentra quebrado. Él quisiera pensar solamente en el viento, pero no puede, lo que sus ojos han contemplado, ha causado todo esto en él.

De repente siente esa cosa que algunos llaman “nudo en la garganta” y se da cuenta que algo dentro de él lo hiere mucho. Mentira. No puede ser cierto. Él ha vivido demasiadas cosas como para quebrarse por eso. Pero…¿acaso habría algo más fuerte e intenso que lo que acaba de vivir? Quizás no, quizás sí. El hecho es que sus ojos se estremecen, arrojan un brillo poco usual, en ellos queda algo que indica que aún tiene emociones; entonces su razón lo traiciona. No puede controlar aquello que creía que ya había dominado. Suspira con cierto temblor en sus labios y acepta que quiere llorar. Su mirada, brillante, insegura y muy oscura, apunta al suelo. Entonces se rinde. Siente cómo ese cúmulo de emociones quiere escapar de su ser a través de sus ojos. Aguarda por las lágrimas en esa fracción de segundo, pero algo pasa. No, algo no pasa. Una repentina sorpresa embarga su mente. Es cuando escucha su propia voz en sus pensamientos, tal vez eso sea lo que llaman conciencia.

-¡¿Qué?!...¿Acaso no puedo arrojar una maldita lágrima?¿Qué demonios me pasa?...¡¿No puedo llorar?!-

Su cerebro está más confundido que antes. Sus ojos parecen querer estallar por todas esas emociones que no encuentran vía para librarse de la prisión de su ser. Sus manos empiezan a temblar. El cielo y las grises nubes enmarcan este momento, otorgándole cierto tinte trágico. Un suspiro más huye de su ser, uno más. No sabe si creer todo lo que en ese momento ve y siente. Parece como si todo fuera un sueño más, pero al parecer eso no es así.

Él recuerda todo lo que ha hecho ese día; recuerda cuando se despertó; recuerda el golpe que se dio en el transporte al trabajo, aún le duele su coronilla. No. Si todo fuera un sueño, sería como la gente dice que son y no sentiría tal dolor. Pero entonces se halla aún más perdido en sus ideas y en su afán por tratar de comprender lo que en ese momento experimenta o cree experimentar.

De nuevo el frío viento intenta rasgar sus mejillas, parece que sólo algunos mechones de su cabello sucumben a esa tan fría y a la vez cálida ráfaga. Un parpadeo parece decir a gritos que no es una roca. Él está ahí, pasmado, silente, tratando de entender qué demonios le ocurre. Su corazón lanza un suspiro que traiciona una vez más su hasta entonces sólida fortaleza emocional. Intenta dar un paso, surge el temor. Ese maldito temor que nos embarga antes de tomar una decisión, antes de hablarle a alguien desconocido, antes de mirar a los ojos de alguien que buscamos conocer más allá de lo superficial; ese maldito temor inunda su ser. Tiene miedo, tiene miedo de acercarse a eso que cree ver pero que se resiste rotundamente a aceptar como cierto.

Levanta la mirada, pero sólo encuentra ese cielo gris que a cada minuto se va oscureciendo más. Hace un esfuerzo y logra presionar fuertemente su puño, ese puño que tanto le costó hacer con su mano derecha. Su ser es un caos. Sus emociones se mueven sin armonía. Sus recuerdos y su realidad se mezclan difusamente en un vaivén sin orden ni razón alguna. No comprende qué le pasa. Su silencio, tan profundo, sólo se compara a sumergirse en el fondo del mar. Su cuerpo comienza a temblar ligeramente. A pesar de estar tratando de entender lo que le ocurre y tener todo ese torbellino de ideas en su mente, puede oír lo que pasa a su alrededor. Una vez más el viento frío llega con violencia.

Continuará.