
Es común que asociemos las lágrimas la pena, al dolor, a la tristeza. Nada del otro mundo (¿Había otro?). Y es que a lo largo de nuestra existencia hemos corroborado este hecho con frecuencia. Bien, creo que la mayoría hemos crecido con esa idea parcialmente cierta. Hemos adoptado este punto como cierto en esa implícita “formación emocional” impartida por parte de nuestros criadores, no me refiero directamente a los padres dado que en muchos casos no son ellos los responsables de nuestra “formación”, sino a aquellas personas que se ocuparon de “criarnos”.
El dolor, físico y emocional, suele manifestarse principalmente con el llanto, lágrimas. Claro que no es su único exponente. Pero es natural que asociemos dolor, o profundo dolor, a lágrimas, llanto. Es natural. Los niños cuando hacen algo que en el fondo saben que es malo, a veces, rompen en llanto al sentir la culpa. Las personas suelen llorar al enterarse de una trágica noticia, como el fallecimiento de un familiar. O tal vez al sufrir alguna herida emocional como una separación emocional.
Pero qué hay de esas lágrimas que las personas derraman por emoción, o de aquellas que son sinónimo de alegría; ¿también las conocemos verdad? Sabemos que son comunes entre nosotros esas personas que ante cualquier emoción intensa “moquean”, o porque lograron algo o porque alguien a quien quieren (verdaderamente quieren) hizo; en estos casos me refiero a los actos positivos, claro está. Es quizá, en esos casos cuando distinguimos esas “lágrimas de emoción” o “de felicidad”. Esas no son tan malas. A lo que me refiero es que si bien sabemos que no todo llanto es malo, debemos tenerlo en cuenta siempre, en todo momento, aún cuando ese llanto nos toque a nosotros.
Soy de las personas que prestan mucha atención a las frases “regadas” entre las películas; y bueno, el otro día escuché en una de ellas una que es digan de recordar y es la siguiente: “No todo llanto es producto de la calamidad.” Y por lo expuesto líneas arriba, al parecer estamos de acuerdo.
Hasta ahora es probable que sólo haya repetido lo que ya sabes. Casi seguro. Pero dime, ¿alguna persona agradecería estar llorando por haber perdido a un familiar? O, ¿alguna niña estaría agradeciendo a sus padres mientras llora por haberse descuidado de esa mascota que tanto quería y que murió atropellada? Creo que no. Pero, ¿tú agradecerías a quien te haga llorar?
Masoquista sería un calificativo que me darías luego de lo que te pregunté. Pero si te lo pongo de la siguiente manera, la idea no será tan descabellada. Si muriese algún familiar tuyo, muy querido él, ¿no te da impulso de querer más a los que todavía te quedan? Si alguna mascota tuya muere, ¿no disfrutarías mucho cuando vuelvas a tener otra y la llegues a querer tanto o más que la que perdiste, porque sabes que no vivirá para siempre? Si aquellas flores que tanto cuidas y riegas todos los días se marchitan, ¿No te llenarías de júbilo al ver un tierno brote asomando entre la tierra? ¿Y no te llenarías de emoción al ver que aparece una nueva flor? Es quizá en este punto donde quiero hacer énfasis.
Hace unos días le dije a alguien: “Quizá es necesario estar triste para poder sonreír luego.” Puede que no esté en lo cierto del todo, pero es lo que creo. A veces es necesario probar lo amargo para disfrutar lo dulce que puede llegar a ser la vida (“Llegar a ser”, no “es”). En ocasiones debemos perder valiosísimas cosas, para darle un nuevo valor a aquellas que tenemos y menoscabamos. Y siempre enfrentaremos a la muerte y su gran dolor para poder disfrutar el nacimiento de una nueva vida. Es por eso que en ocasiones, aquellas lágrimas que derramamos al sentir dolor no son del todo malas, claro que no lo aceptaremos en el momento, pero al menos luego deberíamos tratar.
Hay que caerse para levantarse. Ahora suelo pensar esto más a menudo. A aceptarlo sobre todo. Tal vez no lo haga en el momento pero he aprendido que el dolor a veces nos enseña mucho, mucho más de lo que creemos. Así que cuando pienso en cosas que me hicieron llorar, busco más que solo razones o explicaciones o enseñanzas evidentes y superficiales. No estoy seguro, pero creo que con el tiempo podré hacerlo mejor y agradecer por todo lo que me enseñan las lágrimas. Quizá llegue a un punto en el que sea natural decir: “Gracias por esas lágrimas. Gracias por hacerme llorar.”
1 comentario:
Disculpame por atrasarme, la verdad es que nunca encontraba un momento para sentarme a leer detenidamente...sabes, tienes muchisima razón... nunca me habia detenido a observar ese detalle, y cuando las personas hablaban de eso siempre no les prestaba atención, pero ahora por fin lo entiendo... y tu más que todo debes saber a que me refiero...espero que te encuentres bien!y tambien la siguiente entrada de blog!
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