El día de ayer por un motivo inesperado, regresé a la casa en la que había crecido desde que nací hasta los inicios de mi adolescencia. En ella viven unos familiares muy queridos a los cuales trato de visitar regularmente, en la medida de lo que puedo, aunque siendo sincero preferiría que tales visitas sean más frecuentes. No había pasado mucho tiempo desde la última visita, pero algo especial pasó en esta ocasión. Al entrar a la cocina me encontré con la refrigeradora; “Vaya!... qué interesante…” podrías decir en tono sarcástico; y comprendo que tal vez esa sea tu reacción. Pero como dije antes, algo especial pasó esta vez. Cuando me encontré frente a frente con el artefacto, podía ver lo que había sobre él, podía ver su “techo”.
No es que eso sea lo especial. Aunque tengo vagos recuerdos de mi infancia y otros pocos mucho más borrosos de mi niñez, puedo recordar cuando me ordenaban sacar algo de la refrigeradora. Al hacer lo que me decían, siempre solía demorarme un poco más de lo debido; es que al abrir esa puerta y hurgar en su fresco interior, mi vista se fijaba en el “techo” de la refrigeradora, imaginando lo que podría haber ahí. Es natural que mi joven y aún inocente mente no llegara a descubrir ese misterio debido a la estatura que tenía. Así pasó el tiempo; me pedían que saque algo, yo me demoraba, imaginaba, me decían que me apure, les entregaba lo que me pidieron y me llamaban la atención porque había cerrado mal la puerta del artefacto.
Aquella curiosidad estaba acompañada de cierto orgullo, no quería preguntar que había ahí a quienes si podían ver; quería descubrirlo por mí mismo y así disfrutar la victoria sobre las limitaciones de mi “estatura”. Imaginaba que podría haber alguna foto antigua, como de esas que las abuelas o tías mayores guardan con mucho celo, esas fotos amarillentas y que por su edad alcanzaron ese tono sepia que las cámara modernas incluyen en sus opciones; en otras ocasiones pensaba que ahí habría alguna revista o carta y me moría de ganas de saber que era lo que en ese trozo de papel estaba escrito.
Pues bien, no sé en qué momento esa curiosidad desapareció; sólo que ayer lo recordé pero al encontrarme frente a la refrigeradora, claro que su pintura color hueso estaba un poco desgastada, me topé con que ese obstáculo de la talla había desaparecido, se había esfumado. Y caí en cuenta que había pasado un tiempo considerable desde la última vez que me pregunté lo qué había sobre ella. Y pensé: “¡Qué idiota! Es natural que haya crecido” un silencio invadió mi mente y… “¿Acaso hay más refrigeradoras en mi vida?” me pregunté “Acaso hay muchas cosas ante las cuales no soy el mismo, hay más gigantes que he logrado superar en tamaño”. Y creo que así es.
El ritmo de nuestras vidas, de nuestro ir y venir, nos impide darnos cuenta de cómo crecemos y que ahora podemos superar aquellas paredes que antes creíamos demasiado altas. Nuestra mente se ha acostumbrado a ver que somos muy “bajitos” para tal obstáculo, nos la creemos y pasa mucho tiempo para darnos cuenta o a veces ni siquiera lo hacemos; simplemente por la costumbre. Pero las pocas veces que hemos podido romper ese paradigma que se ha introducido en nuestras mentes, nos hemos dado con una sorpresa casi inverosímil… “¡Puedo hacerlo!” decimos “…no puede ser, no es cierto…” nos engañamos. Es que quizá no queremos superar o en nuestro ser aún reside ese natural miedo y temor por lo nuevo lo desconocido, lo que no hemos visto; a pesar de que hasta hace poco uno deseaba con todo su ser saber lo que venía luego. Es lo común en nuestra naturaleza humana, creo yo.
Quizá sea difícil hacerlo, y en verdad muy difícil; pero te invito a que busques ver en tu entorno aquellas cosas que antes creías inalcanzables y que, al parecer no te has dado cuenta pero ya puedes superar, o mejor aún ya las has superado. Quizá sea doloroso confrontar tu mente encantada con la costumbre y los que tu conciencia analiza y comprende en el momento, pero quizá ese pequeño y arduo esfuerzo te entregue una gran recompensa. Al menos inténtalo una vez, te darás cuenta que hay mucho de lo cual sorprenderse y con lo cual motivarse a seguir luchando con lo que día a día nos toca vivir. Es cierto que muchas veces no lo elegimos, pero superémoslo y más aún tomemos fuerza de todo lo que ya superamos y creíamos utópico derrotar, para poder seguir adelante.
Tal vez encuentres sólo una ocasión como las que te describo, pero algo es algo. Espero y sean muchas más y las veas, verdaderamente las veas. Quizá después de esa introspección encuentres muchos motivos para alegrarte el día y darte fuerza. Quizá llegarás a decir como yo: “Hoy vi esa refrigeradora…La refrigeradora que se encogió”.
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