
Creo es común encontrarnos a diario con esos dichos populares o refranes; que encierran grandes enseñanzas en tan pocas palabras. Siendo muy exigentes la frase a la cual me refiero no es exactamente una de ellas; pero si muy repetida en el habla castellana. La frase de la que hablo es: “Tiene memoria de elefante”. Énfasis especial en la parte que hace referencia al paquidermo. Creo que en algún momento de nuestras cortas, largas o muy agitadas vidas, no lo sé, hemos oído hablar de esa peculiar característica que esos animales poseen. Pues bien, el dato es muy cierto. Y algunas personas suelen tenerla, aunque en verdad, todos tenemos un poco de ella.
Hace unos años leí un libro donde se explicaba un cuadro curioso. Procedo a esbozar tal situación. Un nativo africano guiaba a un adinerado inglés por las espesas selvas de su tierra con su elefante y en cierto punto deciden tomar un descanso de la travesía. Para esto descendió de su “transporte” y amarró su elefante (era uno adulto, desde luego) a un joven arbusto. El inglés quedó atónito, más aún al caer en cuenta que el animal estaba “amarrado” al arbusto con una delgadísima soga. El gentleman no pudo con su curiosidad y procedió a saciarla interrogando al nativo.
Aquel nativo había criado desde pequeño al paquidermo; y es común adiestrarlos desde temprana edad. Cuando pequeño, el elefante era propenso a una inevitable huida al hallar la mínima oportunidad; es por tanto que el nativo lo sujetaba con una gruesa cadena al más frondoso árbol que encontrara. El resultado: el esperado. Por más esfuerzos que hacía el elefante, no podía escapar de sus “ataduras”. Cada vez ocurría lo mismo: A la mínima ocasión en la que el nativo desaparecía de su vista, el animal agotaba sus fuerzas en intentar escapar; a su regreso el nativo hallaba casi exhausto al elefante. Así pasaron años que se repetía el cuadro, pero algunas cosas cambiaban. El elefante cada vez hacía menos esfuerzos; la cadena con el tiempo pasó a ser una gruesa soga, luego una común hasta terminar en una delgada liana; y el frondoso árbol fue cambiado hasta llegar a los más jóvenes arbustos. Hasta que un día la soga que lo sostenía parecía una hilacha de trapo, el elefante ni se movía y la rama ala que estaba sujeto podría ser arrancada por algún niño.
El elefante nunca olvidó su primera experiencia. A pesar de que cada vez intentaba huir, de su mente no se borraban los intentos fallidos del pasado, recordaban sus derrotas; y esto causaba que en su subconsciente creara una barrera que le impedía usar todas sus fuerzas para cumplir su objetivo. Pues bien, podemos decir que en verdad su memoria es buena; pero para este caso no le trajo beneficios.
Ahora quisiera hacerte una pregunta: ¿Cuántas de las cosas que hoy crees que no puedes hacer, causan ese efecto en ti solamente porque antes fallaste en su intento? ¿Cuántas cosas crees que no podrías alcanzar porque intentaste y te caíste? ¿Cuántas veces te caíste mientras avanzabas y te levantaste, pero eres consciente que cuando te levantaste no diste todo de ti por verdaderamente avanzar? Como ves todos en algún momento experimentamos esa “memoria de elefante”. En mi caso me sucedió que casi todas las cosas que no hago fueron por esos motivos, a pesar de que en algún momento significaron metas para mí (las otras que no hacía eran de puro cobarde, mediocre, conformista o idiota). Pero ya es tiempo de usar nuestra “prodigiosa” memoria para algo que verdaderamente nos beneficie. Algo que no sea una molestia ni implique problemas en nuestra vida
Es cierto que nunca debemos olvidar el pasado para aprender de él. Creo que eso nos sirve mucho en la superación progresiva de nosotros mismos. Pero no me gustaría pensar que me pasa lo mismo que al elefante al recordar las derrotas o tropiezos pasados, las cuales sólo lo desalientan y derrotan. Tomemos nuestras pasadas caídas como material de aprendizaje, motivación, impulso o lo que quieras; pero nunca dejes que tenga sobre ti, el mismo efecto negativo que tiene sobre esos animales. Esa forma de recordar nos recuerda caídas y suprimen nuestra capacidad de reconocer lo que se pudo aprender de tales situaciones adversas para nosotros. Si se avecinan a nuestros oídos sólo harán que desfallezcas en el camino que sigues hacia tu objetivo, y el cual puede ser muy difícil. Quizá la soga que te sujeta a esa idea de derrota es más delgada de lo que imaginas.
Esas memorias de derrotas debemos convertirlas en carbón y leña que servirán para avivar ese fuego que es nuestra motivación y hacer que podamos alcanzar nuestros objetivos. Debemos utilizar esa memoria, que en ocasiones nos demuestra ser muy buena; para nuestro bien. Es una herramienta que debemos explotar al máximo. No dejemos que sea algo que nos complique la vida. Es complicado, como todo…pero… ¿Qué cosa no lo es? Aprovechemos esos destellos de buena memoria que asomen a nuestro diario vivir y démosle un giro de modo que nos sirva para superarnos. Explotemos al máximo esa memoria de elefante.
Hace unos años leí un libro donde se explicaba un cuadro curioso. Procedo a esbozar tal situación. Un nativo africano guiaba a un adinerado inglés por las espesas selvas de su tierra con su elefante y en cierto punto deciden tomar un descanso de la travesía. Para esto descendió de su “transporte” y amarró su elefante (era uno adulto, desde luego) a un joven arbusto. El inglés quedó atónito, más aún al caer en cuenta que el animal estaba “amarrado” al arbusto con una delgadísima soga. El gentleman no pudo con su curiosidad y procedió a saciarla interrogando al nativo.
Aquel nativo había criado desde pequeño al paquidermo; y es común adiestrarlos desde temprana edad. Cuando pequeño, el elefante era propenso a una inevitable huida al hallar la mínima oportunidad; es por tanto que el nativo lo sujetaba con una gruesa cadena al más frondoso árbol que encontrara. El resultado: el esperado. Por más esfuerzos que hacía el elefante, no podía escapar de sus “ataduras”. Cada vez ocurría lo mismo: A la mínima ocasión en la que el nativo desaparecía de su vista, el animal agotaba sus fuerzas en intentar escapar; a su regreso el nativo hallaba casi exhausto al elefante. Así pasaron años que se repetía el cuadro, pero algunas cosas cambiaban. El elefante cada vez hacía menos esfuerzos; la cadena con el tiempo pasó a ser una gruesa soga, luego una común hasta terminar en una delgada liana; y el frondoso árbol fue cambiado hasta llegar a los más jóvenes arbustos. Hasta que un día la soga que lo sostenía parecía una hilacha de trapo, el elefante ni se movía y la rama ala que estaba sujeto podría ser arrancada por algún niño.
El elefante nunca olvidó su primera experiencia. A pesar de que cada vez intentaba huir, de su mente no se borraban los intentos fallidos del pasado, recordaban sus derrotas; y esto causaba que en su subconsciente creara una barrera que le impedía usar todas sus fuerzas para cumplir su objetivo. Pues bien, podemos decir que en verdad su memoria es buena; pero para este caso no le trajo beneficios.
Ahora quisiera hacerte una pregunta: ¿Cuántas de las cosas que hoy crees que no puedes hacer, causan ese efecto en ti solamente porque antes fallaste en su intento? ¿Cuántas cosas crees que no podrías alcanzar porque intentaste y te caíste? ¿Cuántas veces te caíste mientras avanzabas y te levantaste, pero eres consciente que cuando te levantaste no diste todo de ti por verdaderamente avanzar? Como ves todos en algún momento experimentamos esa “memoria de elefante”. En mi caso me sucedió que casi todas las cosas que no hago fueron por esos motivos, a pesar de que en algún momento significaron metas para mí (las otras que no hacía eran de puro cobarde, mediocre, conformista o idiota). Pero ya es tiempo de usar nuestra “prodigiosa” memoria para algo que verdaderamente nos beneficie. Algo que no sea una molestia ni implique problemas en nuestra vida
Es cierto que nunca debemos olvidar el pasado para aprender de él. Creo que eso nos sirve mucho en la superación progresiva de nosotros mismos. Pero no me gustaría pensar que me pasa lo mismo que al elefante al recordar las derrotas o tropiezos pasados, las cuales sólo lo desalientan y derrotan. Tomemos nuestras pasadas caídas como material de aprendizaje, motivación, impulso o lo que quieras; pero nunca dejes que tenga sobre ti, el mismo efecto negativo que tiene sobre esos animales. Esa forma de recordar nos recuerda caídas y suprimen nuestra capacidad de reconocer lo que se pudo aprender de tales situaciones adversas para nosotros. Si se avecinan a nuestros oídos sólo harán que desfallezcas en el camino que sigues hacia tu objetivo, y el cual puede ser muy difícil. Quizá la soga que te sujeta a esa idea de derrota es más delgada de lo que imaginas.
Esas memorias de derrotas debemos convertirlas en carbón y leña que servirán para avivar ese fuego que es nuestra motivación y hacer que podamos alcanzar nuestros objetivos. Debemos utilizar esa memoria, que en ocasiones nos demuestra ser muy buena; para nuestro bien. Es una herramienta que debemos explotar al máximo. No dejemos que sea algo que nos complique la vida. Es complicado, como todo…pero… ¿Qué cosa no lo es? Aprovechemos esos destellos de buena memoria que asomen a nuestro diario vivir y démosle un giro de modo que nos sirva para superarnos. Explotemos al máximo esa memoria de elefante.
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