
Un pintor, muerto ya hace mucho tiempo, escribió en una carta a su hermano: “Debo advertirte de que todos piensan que trabajo con demasiada rapidez. No les creas ni una palabra. ¿Acaso no es la emoción, la sinceridad de nuestro sentimiento de la naturaleza, lo que nos impulsa? Y si estas emociones resultan a veces tan fuertes que uno trabaja sin sentir que lo hace, cuando a veces los pinceles brotan con la misma continuidad y coherencia que las palabras en un discurso o en una carta, entonces se debe recordar que no siempre ha sido así, y que en el futuro volverán los días tristes, vacíos de inspiración. Así pues, es necesario martillear el hierro mientras está candente…”
Es común que a veces pensemos que es realmente sorprendente haber hecho algo, tal vez dificultoso para el resto, en un mínimo de tiempo; mientras que otros realmente demoran en hacerlo. También debes haber sentido que las cosas que más disfrutas, casi no tienen permanencia en el tiempo, que no hace más que consumirnos. De seguro lo has notado.
Ahora te pido que imagines la escena, donde el pintor desenfrenadamente hace danzar a sus pinceles sobre su lienzo. Creando múltiples arco iris de pintura en el aire; mientras esa triste tela, vulnerable pero ahora gozosa, siente cómo su vida toma color a pesar de que sólo sea uno el que está en los planes del artista. Tal vez ya lo has hecho antes, y en vez de un pintor fue un músico o un escultor. Pero el cuadro, creo que al menos lo has visto una vez.
Como dije líneas arriba, las cosas que disfrutamos son efímeras, y casi siempre creemos que demasiado. Creo que ese efecto nos deja perplejos en múltiples circunstancias. Es un parpadeo que parece eterno y tan efímero a la vez. Creemos que es eterno porque durante el tiempo que el hecho se da, lo disfrutamos, sentimos júbilo, felicidad y deseamos que no acabe ese instante, queremos que así sea por siempre. Y sentimos lo efímero de su existencia porque cuando pasan, creemos que su brevedad ha mermado el inmenso placer que experimentamos, su extinción deja en nosotros un mal sabor de boca, un malestar que sólo soportamos por las cenizas de felicidad que atesoramos con una sonrisa dibujada de recuerdos.
En numerosas ocasiones, mientras converso con las personas, me han dado arranques (por decirlo de algún modo) en los cuales hablo y/o escribo casi desesperadamente de algún tema en especial por unos segundos. Creo que a algunas personas les debe parecer molesto. A otras creo que les gusta. Algunos se quedan en silencio, quizá les hace pensar o sólo estuvieron ahí de de cuerpo, mas no de mente. No lo sé. Pero casi en todas creo, y quiero creer que verdaderamente prestan atención. Hace unos días, en una conversación en la que disfrutaba cada palabra, me dio un “ataque de inspiración” (así lo denominé en ese instante). La otra persona, que prestó atención a todo, quedó silente por un instante. En verdad había prestado atención. Y yo me había dado cuenta.
Creo que al escribir y/o hablar simplemente dejo que salgan las palabras, como dice el pintor que cité al inicio. Creo que eso de los “ataques de inspiración”, nos ocurre a todos. Pero pocos lo manifestamos. Pocas personas se atreven a decir lo que pasa por sus mentes, lo que creen, lo que sienten, lo que quieren que el resto sepa, lo que su ser quiere exteriorizar. Puede que sea un mecanismo del subconsciente para luego no sentir esa nostalgia por lo efímero del momento. Pero creo que vale la pena hacerlo. Vale la pena dejarse llevar por la fluidez del momento y exteriorizar eso que realmente creemos y/o sentimos. Coge un pedazo de papel dibuja algo, escribe lo que piensas, conversa de temas que nos han acostumbrado a pensar como vanos e intrascendentes, pero que a ti te apasiona hacerlo.
Puedes comparar el momento al que me refiero como los fuegos artificiales tan breves y hermosos a la vez. Su existencia llega a su vida en la plenitud de su belleza, para recordarlos así hermosos, coloridos, majestuosos, cautivadores. Ese segundo en el que dejas que todo eso fluya, es realmente grandioso, liberador, motivador. Es sublime. Me dirás: “pero es un rato nada más.” Sí. Tienes razón. Pero creo que vale la pena. Creo que experimentarlo y luego recordarlo es mejor a que nunca lo hayas hecho o no te atrevas a hacerlo. Esa sensación de recuerdo puede que te motive a hacerlo más veces.
Ese segundo de felicidad, ese destello en lo oscuro de tu vida, ese ataque de inspiración… es tan breve como un parpadeo. Lo sé. Ese parpadeo puede hacer que olvides lo pasado, tu realidad, el hecho de saber que su existencia es demasiado breve. Pero ¿porque ver sólo lo efímero? Ese parpadeo puede durar todo lo que lo disfrutas. Puedes hacer que sea un parpadeo eterno.
Es común que a veces pensemos que es realmente sorprendente haber hecho algo, tal vez dificultoso para el resto, en un mínimo de tiempo; mientras que otros realmente demoran en hacerlo. También debes haber sentido que las cosas que más disfrutas, casi no tienen permanencia en el tiempo, que no hace más que consumirnos. De seguro lo has notado.
Ahora te pido que imagines la escena, donde el pintor desenfrenadamente hace danzar a sus pinceles sobre su lienzo. Creando múltiples arco iris de pintura en el aire; mientras esa triste tela, vulnerable pero ahora gozosa, siente cómo su vida toma color a pesar de que sólo sea uno el que está en los planes del artista. Tal vez ya lo has hecho antes, y en vez de un pintor fue un músico o un escultor. Pero el cuadro, creo que al menos lo has visto una vez.
Como dije líneas arriba, las cosas que disfrutamos son efímeras, y casi siempre creemos que demasiado. Creo que ese efecto nos deja perplejos en múltiples circunstancias. Es un parpadeo que parece eterno y tan efímero a la vez. Creemos que es eterno porque durante el tiempo que el hecho se da, lo disfrutamos, sentimos júbilo, felicidad y deseamos que no acabe ese instante, queremos que así sea por siempre. Y sentimos lo efímero de su existencia porque cuando pasan, creemos que su brevedad ha mermado el inmenso placer que experimentamos, su extinción deja en nosotros un mal sabor de boca, un malestar que sólo soportamos por las cenizas de felicidad que atesoramos con una sonrisa dibujada de recuerdos.
En numerosas ocasiones, mientras converso con las personas, me han dado arranques (por decirlo de algún modo) en los cuales hablo y/o escribo casi desesperadamente de algún tema en especial por unos segundos. Creo que a algunas personas les debe parecer molesto. A otras creo que les gusta. Algunos se quedan en silencio, quizá les hace pensar o sólo estuvieron ahí de de cuerpo, mas no de mente. No lo sé. Pero casi en todas creo, y quiero creer que verdaderamente prestan atención. Hace unos días, en una conversación en la que disfrutaba cada palabra, me dio un “ataque de inspiración” (así lo denominé en ese instante). La otra persona, que prestó atención a todo, quedó silente por un instante. En verdad había prestado atención. Y yo me había dado cuenta.
Creo que al escribir y/o hablar simplemente dejo que salgan las palabras, como dice el pintor que cité al inicio. Creo que eso de los “ataques de inspiración”, nos ocurre a todos. Pero pocos lo manifestamos. Pocas personas se atreven a decir lo que pasa por sus mentes, lo que creen, lo que sienten, lo que quieren que el resto sepa, lo que su ser quiere exteriorizar. Puede que sea un mecanismo del subconsciente para luego no sentir esa nostalgia por lo efímero del momento. Pero creo que vale la pena hacerlo. Vale la pena dejarse llevar por la fluidez del momento y exteriorizar eso que realmente creemos y/o sentimos. Coge un pedazo de papel dibuja algo, escribe lo que piensas, conversa de temas que nos han acostumbrado a pensar como vanos e intrascendentes, pero que a ti te apasiona hacerlo.
Puedes comparar el momento al que me refiero como los fuegos artificiales tan breves y hermosos a la vez. Su existencia llega a su vida en la plenitud de su belleza, para recordarlos así hermosos, coloridos, majestuosos, cautivadores. Ese segundo en el que dejas que todo eso fluya, es realmente grandioso, liberador, motivador. Es sublime. Me dirás: “pero es un rato nada más.” Sí. Tienes razón. Pero creo que vale la pena. Creo que experimentarlo y luego recordarlo es mejor a que nunca lo hayas hecho o no te atrevas a hacerlo. Esa sensación de recuerdo puede que te motive a hacerlo más veces.
Ese segundo de felicidad, ese destello en lo oscuro de tu vida, ese ataque de inspiración… es tan breve como un parpadeo. Lo sé. Ese parpadeo puede hacer que olvides lo pasado, tu realidad, el hecho de saber que su existencia es demasiado breve. Pero ¿porque ver sólo lo efímero? Ese parpadeo puede durar todo lo que lo disfrutas. Puedes hacer que sea un parpadeo eterno.
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