martes, 16 de marzo de 2010

UN VIERNES

Me despierto al mediodía y me siento en la cama. Veo todo en cámara lenta y con cierta molestia en la cabeza. Ese dolor que a veces siento cuando duermo mucho. El ambiente está tenso. Reconozco esa soledad insufrible, intolerable, lacerante, conocida. La vieja costumbre parece regresar, se rehúsa a dejarme o a que la deje. No sé quien dio el primer paso para el alejamiento. Silencio. La ventana me muestra un día alumbrado. Un mal comienzo. Preferiría esos tan grises y fríos.

La puerta suena. Mi cuerpo ya no está solo. Una gran ausencia invade el ambiente. Intento llenar el momento con un desayuno. La televisión y una serie animada no cumplen su tarea.
Estoy solo. Alguien está ahí, me acompaña; pero miente. Su compañía es sólo de título, sólo de costumbre, de rutina. Deambulo como si no hubiera camino alguno. Su intento de conversación es asesinado por los monosílabos que balbuceo como señal de que aún estoy cuerdo. La falsa compañía se desvanece. Un auto desaparece al doblar la esquina.

Vuelve la paz de la soledad, la odio y la amo. Quisiera decir que no me gusta esto. No creo poder. Soy un buen mentiroso pero no puedo mentirme a mí mismo. Mi mente deambula en su vacío, en su ruina. En ese desierto sería una gloria inimaginable encontrar aunque sea alguna raíz seca. Solo arena y el sol que la quema. El agua fría en mi rostro me recuerda la realidad. Una abeja me rodea y se va. Regresa, pero con duda se aleja de nuevo, se aleja para no volver. El suelo es frío, mi piel quiere sentir lo mismo que él. Mi ser quiere sentir algo.

La televisión sigue prendida. La película sigue su argumento. Tantas veces la he visto y hoy la veo como si fuera la primera vez. Las voces hacen que el ambiente disimule su vacío, su soledad. Son espejismos de voces, ilusiones de palabras. Nadie más está aquí. Primero llega alguien con mucho calor y me cuenta de su día. El movimiento de su día. Sus ahora recuerdos. Parlotea con cierta alegría. Al parecer, se jacta de haber tenido vida hoy. No es su intención, lo sé. Lo sé. La miro con cierta ternura, creo que la quiero. Odio no estar seguro de eso.

Vuelvo a estar solo. Llega alguien más, hambriento y acalorado. Cual mayordomo lo atiendo. Ha saciado su hambre y su sed. Las voces en el ambiente son de otra película, de otra realidad. A cuatro horas de mi despertar no siento hambre, me siento hastiado, confuso, jodidamente incomprensible para mí mismo. La mesa ahora está vacía. Se sienta la primera persona en llegar y repito mi labor de mayordomo. La televisión dejó las películas y ahora proyecta una telenovela. Más aburrimiento. Como sé que en poco no habrá nadie más decido servirme mi plato de comida y “acompaño” en la mesa a quien mira con suma atención tal programa mexicano. Tras unos intentos de conversación, se retira a alistarse pues tiene que salir dentro de poco. La televisión sigue prendida. La segunda persona en llegar parte de nuevo. No hay charlas con quien se queda solo frases que le hacen caer en cuenta que tiene poco tiempo antes de llegar tarde a donde debe ir. Se marcha tras un saludo de rutina. La televisión vuelve a dormir.

La tarde o lo que queda de ella se hace insufrible, el tiempo me odia. Sólo hay un reloj de pared, está apartado de mi vista, creo que es mejor así. A cada movimiento de sus manecillas, siento ese sonido que emite. Es mejor así. Cada sonido del reloj es como una aguja clavándose dentro de mí. Terrible tortura. Creo que es mejor así, quiero creerlo. Tal vez es mejor no saber donde se clavan, que parte tengo más herida. Al parecer, sólo por ahora puedo ponerme en el lugar de un ciego, la forma cómo percibe el mundo. Pronto ya no hay dolor, quizá es adormecimiento o ya me acostumbre a esta sensación. La costumbre juega con mi ser, llega a su antojo y disfruta verme cuando no me ayuda, siente placer cuando le reclamo su ausencia.

El monitor parece verme y decirme: “¿otra vez?”. Luego de haber vagado en la falsa realidad del ordenador, tengo los dedos entumecidos al llegar la noche. No me di cuenta de su llegada. No hay más luz que la del monitor y un pequeño haz que entra de la calle proyectada por el poste de la acera. Mi aspecto no es deplorable pero si lamentable. No quiero imaginar lo que pasaría si estuviera ahí parado junto a mí mismo. Algunos ruidos en la calle. La gente, sus vidas, su compañía, su mundo se acercan y vuelven a alejar. No hay recuerdos, no hay ideas, no hay memoria. Sólo el momento parece recordarme el vacío. No. Miento. Perdona la sinceridad. Estoy lleno, muy lleno del vació que siento ese vacío que intento llenar con cualquier cosa, cualquier ruido, cualquier idea. Lamentablemente todo lo que intenta llenar ese vacío es devorado y hecho parte de él. Esta prisión sin barrotes me quiebra, me atormenta. Creo saber lo que siente un guerrero sin gloria. De nuevo el vacío consume este pensamiento.

Algunas canciones son la última esperanza de calmar este suplicio. No lo logran. Antes de derrumbarme llega alguien más. De nuevo escucho el día de alguien más. Me cuenta de personas que no conozco ni quisiera conocer. Me habla de situaciones que no me interesan, pero finjo, finjo bien. Disimulo cierto interés como para que perciba que en cierto modo envidio que sí tuvo un día. Se calla y se marcha a preparar la cena. Sigo en el ordenador.
La televisión es despertada y otra telenovela inunda su pantalla. En el ambiente hay un espejismo de hogar. Estoy ahí y no a la vez. Los programas de rutina, están ahí. Lo sé porque oigo esas voces. Apago el ordenador y me visto. Todo el día estuve con el pantalón de dormir, uno muy ligero y fresco; creo que lo usé porque quisiera que mi vida sea así. En la calle todo parece insignificante y nada preocupante, hay paz en su caos.

Ingreso a la cabina de siempre, saludo al anciano de siempre lo acompaña un viejo conocido, hago el mismo ritual de siempre. Ya “en línea”, saludo a las personas de siempre. Caigo en cuenta de la rutina, del vacío. El vacío hace muy bien su tarea de nuevo. Las conversaciones se esfuman como respiros. Nada relevante, nada memorable. El vacío de nuevo se ríe de mis intentos. Ya es hora de irme. En “casa” ya están las tres personas que llegaron en el día, y dos más. No logro mimetizarme en su charla. Su tertulia es para un número limitado de participantes, los cupos están llenos. El ordenador es mi última esperanza. Oigo los ecos del vacío, si voz se ríe de mí. Encuentro canciones que antes no oía. Una luz en este día demasiado oscuro.

El ambiente se desaloja poco a poco. Alguien queda, ordena y revisa unos papeles en la mesa. Tras unos mensajes de texto y haber escrito parte de este texto, llega una canción. Parece retratar lo que siento. La repito y repito y noto cierta molestia en la persona que está ordenando sus papeles en la mesa. Grabo la canción en el reproductor de mp3 portátil. Mientras la canción sigue repitiéndose, dejo de escribir y luego de un breve juego de solitario (que ironía ¿cierto?) apago el ordenador. Me voy a la cama y sigo oyéndola. Sé que esto es mucho más largo que lo de costumbre, pero déjame hacerlo así. Por favor. Ya es más de medianoche. Sé que el título dice “Un viernes”, pero decidí robarle unas horas al sábado. Nuevamente caigo en cuenta del vacío. Aquella canción en mis oídos parece hacerle guerra, una guerra peculiar, encarnizada, sangrienta, cruel y de pronósticos reservados. Siento que mis párpados no aguantan más. Mentira. Los obligo a caer. Creo que por hoy es suficiente. Esa sensación del sueño empieza a aparecer. Mi viernes se está acabando.

Pido perdón si consideras que el título no es del todo cierto. Ya mencione que soy un sucio ladrón por hacerle eso al sábado. Lo último de este texto es lo siguiente. Quiero compartir la letra de la canción que me marcó ayer. Creo que no dejaré de oírla ningún día de ahora en adelante. Gracias por leer hasta aquí y si no lees la letra no te preocupes. De por sí ya soportaste mucho, así que gracias. Gracias.

Sácame de aquí
No me dejes solo
O todo el mundo está loco o Dios es sordo

Dicen que si continuas, a algún lugar llegarás
Debe de hacer falta bastante caminar
No soy… mala hierba, sólo hierba en mal lugar
Cabeza de calabaza en martes de carnaval

Hubo un momento en que pudimos decir que no, que lo sentimos
Nos debimos confundir
Escribiremos nuevas reglas
Estas es la primera de ellas: Está prohibido prohibir

Sácame de aquí
No me dejes solo
O todo el mundo está loco o Dios es sordo

Sácame de aquí
No me dejes solo
No entiendo que nos pasa. Todos hemos perdido la razón

Nos hemos… equivocado
Teniendo toda la razón
Aún podemos ser libres
Dentro de una canción

Hubo un momento en que pudimos decir que no, que lo sentimos
Nos debimos confundir
Escribiremos nuevas reglas
Estas es la primera de ellas: Está prohibido prohibir

Sácame de aquí
No me dejes solo
O todo el mundo está loco o Dios es sordo

Sácame de aquí
No me dejes solo
No entiendo que nos pasa. Todos hemos perdido la razón

Sácame de aquí
No me dejes… tan solo
Sácame…Sácame de aquí

1 comentario:

Erikalo dijo...

WOWWW...YA HABIA PASADO MUCHO TIEMPO!me gusta esta entrada por la narración, parece poesía, y no la empalagosa, la que es demasiado adornada y te deja mal, sino aquella que te invita a seguir leyendo...no te olvides de seguir escribiendo=)